El siguiente artículo fue escrito hace más de diez años. Sin embargo, creemos en la plena vigencia de su análisis, cuya brillantez reside en, precisamente, analizar con precisión las contradicciones que se dan (también) en el seno del poder. Es por ello que una línea revolucionaria de intervención, para que lo sea, debe ser consciente de esta realidad, que limpia de omnipotencia y teorías “conspiranoicas” tanto el análisis como la línea de intervención que lo sucede (y alimenta)

 

Y que los de abajo nos enteremos…

(la importancia de poner el acento

en las contradicciones interimperialistas )

No basta con que los de abajo

no quieran, sino que es necesario

que los de arriba no puedan continuar

como han venido haciéndolo hasta ahora…

(parafraseando a Lenin);

…y que los de abajo nos enteremos

Desde un amplio abanico de páginas progresistas se identifica certeramente al imperialismo de los Estados Unidos como el enemigo principal de los pueblos, capaz de llevarnos a la barbarie…si antes no lo impedimos. Pero como precisamente de lo que se trata es de esto, de impedirlo, es imprescindible saber en qué verdadero estado se encuentra ese enemigo y la solidez del sistema que encabeza. En este sentido, es de lamentar que entre el movimiento progresista en general se venga exagerando en demasía en los últimos años el poder de los Estados Unidos al tiempo que no se tengan en cuenta suficientemente las contradicciones entre estados imperialistas. Esto no contribuye a comprender la inestabilidad permanente en que se ha instalado la situación internacional y a prever lo más posible su evolución.

En el presente escrito se mantiene la opinión de que la actual inestabilidad internacional sin fin responde, en última instancia, a la voluntad yanqui de prolongar como sea una hegemonía absoluta que no tiene base real. Y que esta hegemonía absoluta no sólo es contestada de forma combativa por pueblos del Tercer Mundo o, a través de divergencias profundas, por potencias como Rusia y China, sino que ella es también puesta en cuestión dentro del propio campo imperialista occidental, principalmente por el núcleo central de la Unión Europea; evidentemente, en este caso, por razones muy diferentes de las abrigadas por los pueblos y sólo a la manera en que los mafiosos se ponen en cuestión entre sí.

Ciertamente, toda una serie de elementos históricos y presentes han dificultado (y dificultan) sobremanera que se consideren en su justa medida las contradicciones entre estados imperialistas y la crisis de hegemonía del imperialismo yanqui. Está la inercia causada por décadas de Guerra Fría de liderazgo estadounidense avalado y apoyado a cualquier precio (y nunca mejor dicho) por todo el campo capitalista avanzado occidental, cuando no se jugaban una u otra posición de fuerza dentro de su sistema común, sino el sistema mismo. Al acabar la Guerra Fría tal como lo hizo, ese liderazgo estadounidense las tuvo todas para mitificarse en hiperimperio vencedor al que sólo le quedaría dirigir a todos sus alíados anticomunistas en la empresa única de extender la “mundialización” al resto de países que la división del mundo en bloques había sustraído a la influencia plena (o sea, “neoliberal”) del sistema occidental.

Tenemos además que hoy especialmente, y al menos por un “buen momento”, las diferencias entre potencias capitalistas han de dirimirse mediante, o aprovechando, conflictos regionales más o menos lejanos, sólo sea evidentemente porque un enfrentamiento directo entre ellas provocaría una destrucción mucho mayor aún que las dos precedentes guerras mundiales; lo que conlleva que las tensiones interimperialistas que animan dichos conflictos se difuminen en dicha lejanía dificultando su identificación. Finalmente no pueden obviarse las propias dificultades de los competidores de los yanquis dentro del campo de potencias capitalistas (la UE y, no digamos, los japoneses) para conformar bloques imperialistas sólidos. Esto no juega a favor de que puedan liberarse definitivamente de las servidumbres que les impuso la Guerra Fría en materia de mantenimiento de la supremacía yanqui. Ni tampoco para que puedan presentar cara a las nuevas amenazas que se ciernen también contra ellos – en tanto que copartícipes del (des)orden imperialista mundial – sin demandar la protección del “amigo americano”. Entre esas amenazas se encuentran principalmente la que proviene de la lucha de resistencia antiimperialista de los pueblos del Tercer Mundo (en Irak, en América Latina,…) y la que siguen viendo (todos los imperialistas sin distinción) en países como Rusia y China, quienes han heredado un gran potencia de su pasado socialista, y que ahora utilizan, como mínimo, para desarrollar una línea de desarrollo independiente en el marco económico internacional que no conviene a las grandes corporaciones capitalistas (americanas y no americanas) que buscan controlar aquellos inmensos mercados.

Sin embargo, a pesar de lo que (no) parece, las contradicciones y disputas interimperialistas sí que están ahí, y juegan cada vez más un papel de primer orden, realimentadas por una crisis de hegemonía del coloso yanqui que viene de lejos y que, como ya hemos indicado, sólo la persistencia de la Guerra Fría hizo que no se manifestara mucho más antes. Recientemente lo expresaba bastante bien un editorialista de Les Echos, periódico francés de referencia en asuntos económicos, en un artículo titulado: “La mundialización continúa pero ya no la dirigen más los Estados Unidos”, 15 de junio de 2006. En dicho artículo, entre otras cosas jugosas, se nos dice que “el triunfo [estadounidense sobre el comunismo al final de la Guerra fría] tapaba un debilitamiento que había comenzado mucho tiempo antes” y cuya “primera señal fue […] la derrota de Vietnam.” Por ahí van los tiros. Y no habrá por menos que insistir en ese aspecto cronólogico del declive norteamericano ahora que, por fin, algunos (eso sí, aún con mucha timidez) ponen en duda la existencia de un ultrapotente imperialismo yanqui ante la evidencia de su fracaso en Irak y ligando el declive norteamericano a éste. En realidad, los fracasos en la guerra de Irak, y con ellos el de toda la estrategia neoconservadora de “reordenamiento democrático” de Oriente Medio, no suponen el punto del comienzo de ese declive norteamericano, sino una consecuencia y una neta visualización del mismo. Este declive, efectivamente, comenzó mucho antes, pero incluso antes de la derrota de Vietnam. Así, ya a caballo entre los años 60 y 70 del siglo anterior aparecen fuertes señales indicando que los Estados Unidos no tenían base económica suficiente para continuar con el mismo rol imperialista hegemónico en el Occidente capitalista que la Segunda Guerra Mundial le había consagrado.

*

 

Hasta finales de los 60, el hecho de que la hegemonía estadounidense sea apenas contestada dentro del mundo capitalista avanzado no sólo resulta de necesidades comunes de orden geopolítico e ideológico impuestas por la Guerra Fría, sino que tiene una base económica real; ésta, sin duda, reforzada por la distinta suerte con que se había repartido la destrucción (…y la ¡no destrucción!) de las dos guerras mundiales. Fijémonos en la distribución mundial de reservas de oro, en una época en que esta moneda jugaba aún un rol, si no exclusivo, aún muy importante en los intercambios comerciales internacionales. Tras la Segunda Guerra Mundial los EEUU acaparaban los dos tercios (¡!) de dichas reservas, culminación de una escalada que venía desarrollándose ya desde hacía tiempo, y que no podía sino representar una diferencia real incontestable del peso de la economía de Estados Unidos en el mundo que se iba a mantener durante lustros.

Sin embargo, será precisamente esa diferencia abisal de reservas de oro en los estertores de la Segunda Guerra Mundial, la que lleve a inocular el virus del parasitismo posterior (y actual) del sistema estadounidense. En 1944 los Acuerdos de Bretton Woods institucionalizan el absurdo de poner al mismo nivel el oro que el dólar. Aunque dicha nivelación pudiera parecer justificada por la falta de moneda en oro suficiente para garantizar los intercambios comerciales mundiales, a fin de cuentas lo que se estaba era confundiendo dicha moneda real (el oro) con un papel moneda (el dólar) y convirtiendo la banca central emisora de billetes de un país (los Estados Unidos) en la del resto del mundo. En definitiva, se estaban sentando sólidas bases para que en el futuro los Estados Unidos pudiesen exportar sus eventuales deudas y crisis al resto del mundo; al resto del mundo, es decir, desde el “tercero”…al “primero”. Precisamente será un representante cualificado de éste (del “primero”), De Gaulle, quien en 1965 hable del “privilegio desorbitado” que venían poseyendo los norteamericanos en cuestiones de emisión de moneda y que le lleva a “endeudarse gratuítamente a costa del extranjero” (Conferencia de Prensa en el Palacio del Eliseo, el 4 de febrero de 1965).

No obstante, durante bastantes años tras dichos Acuerdos de Brettons en que se inoculó ese virus del parasitismo de los Estados Unidos, el mismo va a coexistir con una “macroeconomía” en este país todavía relativamente “sana”, y su portador no tendrá todavía gran necesidad de desarrollarlo. Será con el tiempo, que los inmensos gastos del aparato estatal estadounidense, principalmente militares, así como el desarrollo (el retorno, habría que decir) de otros polos de desarrollo capitalista, sobre todo en Europa y Japón, se encargarán de sapar las bases materiales (reales) sobre la que se había edificado la hegemonía yanqui.

Ya desde 1961 se constituye un Pool de paises ricos (principalmente Japón y Alemania) que ponen sus reservas de oro a disposición de los norteamericanos para que estos cumplan su obligación de respaldar los papeles dólares que sólo ellos imprimen. Esta “generosa solidaridad” entre estados capitalistas desarrollados va durar hasta 1971, año en que Nixon, en plena guerra de Vietnam, decide de no respaldar más con oro los dólares que imprime. A partir de ahí, el papel (dólar) sustituye definitivamente al oro como moneda, aprovechándose también de la inercia de décadas en que efectivamente se había impuesto en los intercambios internacionales y se había tesorado (falazmente) como sustituto total del oro. Tanta generosidad y condescendencia de los otros paises capitalistas desarrollados para con los Estados Unidos no podía sino explicarse (y alargarse) evidentemente que por razones de Guerra Fría: había que mantener al gendarme occidental tal como se sostiene a policía y militares propios.

En cualquier caso, lo que queda claro es que desde los comienzos de los 70, con esa decisión de los Estados Unidos de imprimir sin más una buena parte de su riqueza, había sonado la hora definitiva para que el virus del parasitismo americano comenzara a manifestarse como nunca hasta entonces. Puede afirmarse que es justo entonces cuando se constituye la base monetaria de la exportación de esa crisis crónica de los Estados Unidos que consiste en un ciclo interminable y creciente de sus déficits tanto comercial como financiero, a excepción de algún que otro momento de superávit oficial durante el mandato de Clinton. Y en los últimos años la cosa no hace sino empeorar. Según el International Herald Tribune del 18 de setiembre de 2006, y tal como se hace eco en parte El País del día siguiente, el déficit exterior de los Estados Unidos ronda ya los 800 mil millones de $ por año, representando el déficit corriente el 6,6% del PIB, cuando, por ejemplo, la UE instituyó en su día la posibilidad de abrir expedientes a los países que superaran el 3%.

Como era previsible, la primera potencia mundial ha pretendido en todo momento lidiar, en parte, sus gigantescos déficits con la exclusividad legal que tiene de imprimir los dólares que debe y de hacer bajar o subir el valor de éstos. Pero como la riqueza no se puede imprimir, sino a lo sumo “transferir”, esas maniobras “mágicas” no se han podido llevar a buen puerto sino a costa de otros. Resulta, pues, que los Estados Unidos están ejerciendo una considerable influencia negativa (…) en la economía internacional, como consecuencia, entre otros factores, de la descontrolada emisión de dólares para pagar productos y servicios por encima de su real poder adquisitivo, ‘papeles que ya la gente no quiere atesorar’. (Fidel Catro, según Granma, informando sobre una importante reunión de su Partido el 1 de julio de 2006). No es probable que el International Herald Tribune sea acusado por la Adminsitración Bush por colusión con el vecino mandatario enemigo, pero no dice otra cosa cuando en el artículo mencionado anteriormente se atreve a comentar en “voz alta”: “Hasta ahora, los extranjeros se han mostrado muy contentos de recibir dólares a cambio de las compras norteamericanas de coches, televisiones y petróleo extranjero. Pero la cuestión es qué pasaría si en un momento dado los extranjeros decidieran que quieren poseer menos valores y divisas en dólares.” Por nuestra parte, ha de insistirse en que la insostenible situación norteamericana, incluso desde el punto de vista de la “economía de mercado” que tanto dicen defender, se viene sosteniendo artificialmente desde hace mucho tiempo.

Efectivamente, a partir de los 70 esa riqueza americana, cada vez más “por encima de su real poder adquisitivo” es en gran medida responsable de la conocida ruina total en que se encuentra gran parte del tercer mundo, sin por ello exculpar, por supuesto, al resto de paises “avanzados” ni a las camarillas locales en los paises dependientes. Pero lo que más nos interesa destacar en este escrito – por lo que tiene que ver con la agudización de las contradicciones interimperialistas, que es, en definitiva, lo que históricamente está en la base de las mayores destabilizaciones y conflagraciones mundiales -, lo que más nos interesa destacar ahora, decimos, es que los propios países avanzados capitalistas, afectados por la larga doble crisis económica y social que se inicia en todo el mundo industrial en dicha década de los 70, ven en el estado y sistema norteamericanos un fardo y un obstáculo a sus propias “necesidades” expansionistas; un estado norteamericano, al que ya sólo les podía ligar, como hemos señalado, la “amenaza soviética”. De ahí que cobren vigor las tendencias a formar bloques económicos, como en Europa, y a crear o a fortalecer monedas que puedan sustraerse del yugo del dólar, tal como se pretende con el ecu que finalmente deviendrá el euro. Y a partir de ahí de que pueda llegarse a una situación donde una buena parte de importantes países considere muy seriamente la posibilidad de asegurar mucho más el valor de sus riquezas en otras monedas distintas del dólar, alejando así el temor de que se les esfume por tenerlo casi todo representado en la divisa estadounidense. Por cierto, que es en este sentido estrictamente económico que recientemente se ha pronunciado el Presidente venezolano Hugo Chávez, apoyando la iniciativa planteada en su día por Irán, aunque, en su caso, este país estuviera también guíado por las conocidas consideraciones geopolíticas en torno a las amenazas anglosajonas contra él.

Que durante decenios todas las tendencias contradictorias intracapitalistas han estado limitadas y compensadas prinicipalmente por “la amenaza del bloque soviético-comunista”, lo demuestra el que hoy precisamente sea Japón, que en gran medida se considera todavía inmerso en guerra fría con China y Corea del Norte, el que aún no pueda materializar tantos distanciamientos sustanciales del “amigo americano”. Un “amigo americano”, al que los japoneses, como primera potencia financiera del mundo, llevan sosteniendo como el que más a golpe de compras de bonos del tesoro estadounidense en dólares, cuando seguro que hubiesen preferido conquistar mercados más reales donde exportar su plus de riqueza (plus, evidentemente, desde un punto de vista capitalista) y así no verse, como ha sido el caso, inmersos en una crisis de estancamiento durante toda la década de los 90 y de la que todavía se resienten.

Pues bien, el meollo de la cuestión de la inestabilidad internacional permanente actual estriba en que el problema de los déficits americanos y de su estándar de vida muy superior al de su poder adquisitivo real no puede resolverse con correcciones estrictamente económico-monetarias; lo que en su caso equivaldría a que los norteamericanos aceptasen de buen grado que no pueden continuar ejerciendo su hegemonía como antes. Y esto no es posible porque, aparte de las grandísimas fortunas y negocios que son consecuencia de esa hegemonía, los Estados Unidos han construído un sistema económico-social que, lejos de la pantalla del neoliberalismo que tanto promulgan y exigen a los otros, está ultraprotegido por una serie de leyes y de medidas que precisamente sólo se explica por el rol hegemónico que ejercen en el mundo. Así, al margen (y nunca mejor dicho) de sus 40 millones de pobres, los Estados Unidos históricamente se han “preocupado” de crear su propia bodyguard (guardaespaldas) interior (Howard Zinn): una amplia clase media dopada por una financiación sin igual en el mundo, si tenemos en cuenta la facilidad con que se conceden los préstamos a empresas y familias en comparación, incluso, con otros países desarrollados. Además, durante décadas en ese país se han aplicado sustanciosos planes sociales empresa por empresa – de paso, sin sentimiento de culpabilidad por estatismo social – en un mundo de grandes industrias que está al abrigo, igualmente como en ninguna otro país, de tener que responder a la banca (nacional e internacional) en caso de quiebra (capítulo VIII de la Constitución.) Sólo hoy ya son casi una decena las grandes empresas las que se han acogido a este capítulo, entre ellas, la famosa Enron. En definitiva, estamos hablando de que los Estados Unidos desde hace decenas de años vienen ejerciendo toda una “generosidad financiera” hacía el interior del país mientras siguen buscando en el extranjero – y ¡ay si no se encuentran! – 2000 millones de dolares todos los días.

Es pues la propia estabilidad del particular sistema norteamericano la que depende de su hegemonía mundial. Y si fue la Guerra Fría la que, en definitiva, hacía que esa propia estabilidad fuese deseada por europeos y japoneses en contra de sus propias tendencias expansionistas autónomas, tras el fin de aquélla, es sólo sobre la prolongación de la guerra (caliente si es preciso) o de la simple amenaza permanente de la misma a nivel mundial que los norteamericanos pueden basar sus aspiraciones de prolongar el sometimiento de aquéllos países a su hegemonía. Por eso será larga la guerra contra…el “terrorismo”, porque “largo” y peliagudo es el desafío que tienen que resolver los Estados Unidos: asegurar su hegemonía contra vientos enemigos y mareas… “amigas”.

Debe quedar claro que, en ningún caso, se trata de negar el elemento económico clásico de conquista de mercados, sobre todo hoy de energía, que efectivamente existe en las guerras actuales norteamericanas. Aún menos se trata de obviar que los estadounidenses quieran impedir el establecimiento de potencias regionales contrarias a sus intereses geopolíticos tales como Irak o Irán; o, cómo no, el de potencias suprarregionales “antioccidentales” tales que Rusia y China. Tan sólo se quiere insistir – y tanto más porque apenas se tiene en consideración – en que, detrás de esos factores que ciertamente juegan un rol, debe resaltarse el papel de fondo que supone la necesidad cotidiana imperiosa de los norteamericanos de someter a sus propios “socios” occidentales, y de impedirles que den vía libre suelta a sus tendencias imperialistas una vez desaparecido el gran enemigo común.

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Toda la estrategia agresiva de los neoconservadores norteamericanos por un nuevo siglo de dominación yanqui, elaborada mucho antes de imponerse en la Casa Blanca, se basa en ese diagnóstico de pérdida de base real de la hegemonía de los Estados Unidos; no en la conciencia de que éstos, tras haberse desembarazado del obstáculo sovietico, son más fuertes y ricos que nunca y necesitan conquistar mercados para dar salida a una plétora de productos y serivicios made in USA. El correspondiente diagnóstico de debilidad ecónomica no podía sino completarse con el claro retroceso desde un punto de vista geopolítico que los norteamericanos sufrían en regiones claves del mundo tras la derrota de Vietnam. El caso más alarmante para ellos es el que ha venido dándose en Oriente Medio. De los cuatro puntales históricos que eran Persia, Arabia Saudita, Turquía e Israel, sólo les queda como alíado incondicional el estado sionista: la Persia del Sha deviniendo un Irán con la que se han roto las relaciones oficiales; Arabia Saudita, queriendo diversificar sus relaciones estratégicas y buscando algo más que papeles verdes con que asegurar el valor de sus recursos energético; y Turquía buscando desesperadamente la integración en una Unión Europea a la que, entre otras cosas, le jura que no hará de torpedo yanqui a la británica. Por lo demás, este diagnóstico de doble debilidad económica y geopolítica es compartido por todos los grupos de poder estadounidenses: en lo que respecta al diagnóstico de los males de fondo norteamericanos y a la urgencia de poner remedio, los neoconservadores no son menos realistas que los… “realistas” (Kissinguer, Albright, etc). Otra cosa han sido las disputas entre ellos en cuanto a las soluciones concretas a aportar y en lo que se refiere al interés particular de confundir la supervivencia de la hegemonía yanqui a la del propio estado sionista de Israel, tal como han hecho los neoconservadores.

Efectivamente, todos comparten que hay que crear una situación donde el imperio americano no sea contestado seriamente, como mínimo, al mismo interior del campo pro-occidental de la Guerra Fría. Y si es preciso para ello, no se dudará en provocar conflictos regionales a fin de recuperar el control de países de importancia estratégica, como en Oriente Medio, y obligar a que todo acuerdo entre dichos paises y otras potencias (incluídas las occidentales) pase por su beneplácito y, sobre todo, no se haga contra sus intereses, exactamente como pasaba cuando había la Unión Soviética. Esto en el mejor de los casos; es decir, si las guerras les salen bien. Pero incluso como mal menor, apuestan por que la propia inestabilidad creada con sus intervenciones militares hagan que el elemento decisivo en el juego de dominaciones a nivel mundial continúe siendo precisamente el elemento militar, donde ellos se sienten más seguros en comparación con las otras potencias capitalistas. En otras palabras: o la guerra genera una situación nueva para ese “nuevo siglo norteamericano”, o genera una inestabilidad que, como mínimo, amenaza a todo el campo occidental al punto de tener éste necesidad de nuevo de sostener al gendarme estadounidense como cuando la Guerra Fría. En este sentido, debe insistirse en que por fuertes que puedan llegar a ser las contradicciones dentro del campo de paises imperialistas, sus diferencias son menores de las que les separan a todos ellos de movimientos de resistencia populares que fácilmente pueden extender su odio a todo el campo de paises imperialistas; de regímenes de paises del Tercer Mundo que pretenden seguir una linea independiente de desarrollo sin atarse demasiado a ningún país occidental; o de China y Rusia que no esconden que quieren aprovechar sus potencias militares para imponer un multilateralismo, no ya con respecto a los Estados Unidos, sino frente a todo el grupo de los grandes del capitalismo internacional.

Es por todo lo dicho hasta ahora que puede afirmarse sin exageraciones que la mayoría de los conflictos militares importantes (por sus implicaciones internacionales) desde el fin de la Guerra Fría están ligados, en última instancia, a la cuestión de la hegemonía de los yanquis dentro del mismo campo occidental. O lo que es lo mismo: con las contradicciones entre países o bloques imperialistas (en formación) jugando un rol mucho mayor de lo que la diplomacia quiere que nos enteremos. Y si bien las diferencias entre el núcleo importante de la Unión Europea y los Estados Unidos no se han mostrado tan a las claras como con ocasión de la Segunda Guerra en Irak en 2003, en realidad, ya durante los conflictos anteriores, y detrás de una unanimidad de fachada, cada uno actúaba con estrategias diferentes.

Es cierto que en el caso particular de la Unión Europea (UE) se impone mucha prudencia y escepticismo cuando se habla de estrategia en el mismo sentido que se hace con los Estados Unidos. Sencillamente porque aquélla está todavía lejos de formar un bloque y no está ni claro que vaya a conseguirlo. Desde el punto de vista de la evolución de las contradicciones interimperialistas, debiera hablarse a lo sumo de contradicciones en desarrollo entre los Estados Unidos y un núcleo duro de la UE que sería el que se estaría formando en torrno a Francia y Alemania (mejor dicho: Alemania y Francia) y con dos paises intermedios importantes como Italia y España… siempre que los gobiernen el “centro izquierda”1 y no los Aznar y Berlusconi que son aliados de los yanquis. Mucho condicional como se ve. De ahí precisamente que pueda afirmarse que la debilidad de los yanquis es sobre todo relativa si se compara con ellos mismos en el pasado y no tanto con una potencia imperialista o bloque ya formado dentro del capitalismo internacional que pueda aspirar a desbancarlos. Y es por esto mismo que otra forma de expresar el porqué de la inestabilidad actual crónica interminable y sin salida clara en el horizonte, es que los yanquis no tienen potencia suficiente para prolongar una hegemonía incontestada como en el pasado, incluso dentro del propio campo occidental, pero sí para impedir (destruir) todo intento de que se le ponga otra potencia o bloque a su mismo nivel de hegemonía y, no digamos ya, para sustituirlos. Esto lo saben bien sus “aliados”, que lo máximo que airean en público es que aspiran al multilateralismo en los asuntos internacionales y siempre jurando que todo lo hacen con ánimo de ayudar al amigo americano en dificultades de adaptación a la nueva realidad mundial de después de la Guerra Fría y, por supuesto, sin ánimo de contrariarlos.

Lejos pues aún de poder hablar de una Europa-potencia y, aún menos, que desafíe explícitamente a los Estados Unidos. De todas maneras esto de la unidad europea no es sino una pantalla para esconder intereses expansionistas de países que en ningún caso pretenden difuminar realmente y sacrificar sus intereses particulares. A lo sumo lo que se persigue es precisamente ese núcleo duro que se ha mencionado, y Europa como coartada. De todos los interes imperialistas que alberga la UE los que tienen más base real son evidentemente los de Alemania. Merece la pena pues concentrarse en este país cuando se habla de necesidades expansionistas europeas que persiguen acabar con el unilateralismo norteamericano. Y es que Alemania representa en torno a un tercio de lo que se produce en Europa; pero sobre todo es la primera potencia exportadora mundial en términos absolutos, lo que con una población algo más de tres veces inferior a los EEUU y mucho más desprovista de recursos energéticos, dice mucho de su necesidad de “agrandarse” física y geopolíticamente…como siempre.

Como siempre, sí, pero está claro que Alemania hace mucho tiempo que ha elegido la vía europea para avanzar en sus planes como actor internacional de primer orden. Sencillamente, porque no tiene otra alternativa más clara, lo que no deja de expresar una situación de debilidad histórica de la que le es muy difícil salir. Esta debilidad histórica es aprovechada no sólo por su competidores más “antagónicos”, como es el caso de los Estados Unidos, sino por algunos de sus más “firmes” aliados, como Francia. Basta espetarle cada cierto tiempo lo de la “culpabilidad histórica del pueblo alemán” en el Holocausto contra los judíos para enfriarle los ánimos en la búsqueda por su cuenta de satisfacer sus aspiraciones expansionistas2.

Por tanto, desde hace años, Alemania se encuentra en un largo período de defensiva estratégica con respecto principalmente a los yanquis. Y necesita que, de momento, se vayan cumpliendo dos tareas. Una, ir conquistando, de forma casi completa y sin apenas compartir, al mayor número de países, sobre todo en Europa, comenzando por el centro y parte de los Balcanes, para luego extender su influencia por el este. Dos, ir haciendo esto en una primera fase sin que sea obstaculizada directa o indirectamente, sobre todo por los yanquis, para en una segunda, garantizar que no se requiera la intervención de éstos en los conflictos que ella misma tiene que provocar, como en el caso de los Balcanes, donde Alemania fue la que más trabajó para el proceso de desmembramiento de Yugoslavia; un obstáculo histórico a las pretensiones expansionistas germanas. Los alemanes no quieren intervención de los yanquis allí donde ellos pretenden construirse un espacio (su lebensraum), porque cada que vez que éstos actúan, y por la manera en que lo hacen, se les complican sobremanera sus planes, como pasó precisamente con el “socorro” a Europa que hizo Clinton con sus bombardeos brutales en Yugoslavia, que confortó el sentimiento histórico antioccidental serbio por un buen rato.

De momento, y no por poco tiempo, Alemania no se puede plantear más de esas dos tareas o objetivos mencionadas. Y se da por contenta, ya que es mucho comparado con la situación que tenía durante la Guerra Fría de gran supeditación y control por parte de los Estados Unidos. El proyecto de la Unión Europea les cubre y avala sus conquistas, hasta el punto que todo aparece como política europea de expansión a los nuevos candidatos, al tiempo (lo principal en una perspectiva estratégica) que le blinda de una “animosidad” yanqui, que tendría que enfrentarse a la Comunidad Europea para parar los planes alemanes, como ocurrió con la Segunda Guerra de Irak. Nadie seriamente puede creerse que el actual desorden comunitario sea el que se adecúe a una política agresiva y ofensiva por parte de una Europa-potencia semejante a la de los yanquis. Pero precisamente este “guirigay” es el que mejor blinda la actual fase de la política expansionista de Alemania: defensiva (en lo militar), fuera de Europa frente a los Estados Unidos; ofensiva in crescendo (donde prima lo político y lo económico), dentro de Europa. Con respecto a lo militar, Alemania mete cada vez más prisas, siempre utilizando otros socios europeos – ahora tiene un buen portavoz con Prodi, menos “caprichoso” y con menos aires de grandeza individual que los franceses – para que se avance lo suficiente en lo militar al objeto de que las intervenciones “humanitarias” europeas se hagan…por europeos; campañas que, por supuesto, han de llevarse a cabo en el propio viejo continente, pero también en el exterior, por ejemplo, en el Congo, y cada vez más en Oriente Medio, aprovechando los desaclabros yanquis, como ya comienza a ocurrir en Líbano.

A favor de los planes actuales del “motor europeo” juega el hecho de que las otras potencias imperialistas integrantes en Europa han perdido mucho de su fuerza pasada y no están para pasar a ofensivas como antaño. Son potencias secundarias en cuanto a su capacidad expansionista. En el caso de Francia, ya les vale con que su zona francófona no se le convierta en una sangría en la que los yanquis hagan de las suyas como viene ocurriendo en Africa Central. Así que, como de momento, más que nuevas conquistas, lo que los franceses quieren es apuntalar lo mejor de su herencia colonial, no entran en Europa en excesiva colusión con los alemanes. De tal manera, que éstos les financian (por supuesto, en nombre de Europa y el esfuerzo mancomunado del resto de miembros de la UE) para que mantenga más que artificialmente sus grandezas (incluido sus proteccionismos de su propio mercado interior), al tiempo que los franceses se configuran como los mejores avalistas y garantes del blindaje alemán de cara a los yanquis e incluso a los británicos. Los alemanes buscan compensar sus actuales retardos militar y político, sobre todo, aprovechándose de la potencia militar francesa y su mayor iniciativa política y diplomática y “presentabilidad”. Pero sin supeditarse en este terreno totalmente a los franceses, que toman demasiadas inicativas individuales por intereses particulares (y la mayoría de las veces de cortas miras), como ha sido el caso en el Líbano, donde por recuperar su influencia histórica en el pais a costa de los sirios, ha coqueteado con americanos y con israelíes en espera de que éstos también le hicieran el trabajo sucio a ella, comprometiendo así los “intereses estratégicos” y las prioridades y calendario de actuación de la Unión Europea en región tan delicada, como ha expresado apenas veladamente Solana. De ahí que los alemanes aprovechen la llegada de gobiernos mucho más euro-europeos en Italia y en España, sólo sea porque son mucho más conscientes de que sus límites sólo pueden serlo menos dentro de una “politica común europea lealmente respetada.” En cualquier caso, y aunque sea por razones diferentes, los componentes del tándem formado por franceses y alemanes apuestan por una Unión Europea que se tutee con los Estados Unidos: uno para alargar sa gloire; otros, para de nuevo asegurarse su lebensraum.

En definitiva, Alemania utiliza Europa para que ésta le ayude a lavarse la cara y recuperar toda la iniciativa y justificación de gran potencia imperialista que perdió tras la experiencia hitleriana. Ya ha logrado pasos, como que queden en el pasado la prohibición de intervenir fuera de sus fronteras. Hoy está presente en muchas regiones del globo3. Además, nunca ha cejado en llegar a ser potencia que pueda tener derecho a veto en las decisiones internacionales. Supone un gran éxito para los alemanes que el grupo negociador con Irán sea 5+1 (los miembros permanentes del Consejo de Seguridad más ella). Para conseguir todo ello no podía sino prestar el apoyo en una primera fase a las intervenciones yanquis, desde la primera guerra de Irak a la intervención en Afganistán. En este sentido, durante mucho tiempo aún los alemanes no dirán nada, ellos directamente, que pueda sonar demasiado agresivo a los norteamericanos; animarán a uno u otro socio europeo (y más explíctamente…la cadena de televisión Arte) para que diga lo que les interesa, incluso teatralizando en seguida un desmarque proamericano y sobre todo (faltaría más) ¡proisraelí¡ de los que tan bien se les da a la Merkel: “Ni somos neutrales, ni queremos serlo” (AFP, 20 de setiembre de 2006), responde la canciller a aquéllos que desde el Parlamento alemán le advierten de los riesgos de aparecer demasiado pro-israelí y enviar tropas a una “región volátil donde Berlín ha tejido buenas voluntades con su diplomacia más que con su poder militar” (The New York Times, 20 de setiembre de 2006). De todas formas, la teatralización proisraelí de la Merkel no le impide declarar – por ejemplo, con Chirac en la Conferencia de Prensa conjunta del 25 de agosto de 2006 en el Eliseo – algo de lo que no quieren escuchar hablar precisamente ahora los sionistas: “Me parece esencial [decir que] la misión de la FINUL [en el sur del Líbano] no es algo aíslado. Debe integrarse en un proceso político para resolver los problemas más delicados de esta región”, para inmediatamente añadir que “Francia y Alemania están totalmente de acuerdo en que uno de los puntos centrales de este conflicto es el conflicto entre Israel y los Territorios palestinos”.

Pero más allá de esa prudencia obligada que lleva a decir al ministro de Asuntos exteriores alemán que “incluso 60 años después, llevará todavía algún tiempo ganarse [nuestra] confianza” (AFP, 20 de setiembre de 2006), y en la medida que va asentado de forma irreversible su retorno a la escena internacional, Alemania va progresivamente también haciendo valer de hecho sus intereses vitales, que podemos resumir en dos: mercados, tanto para sus “excedentes” industriales (excedentes, desde un punto de vista capitalista, claro) como para obtener mano de obra barata, comenzando por Europa en el sentido más amplio posible (o sea, con todo el Este incluído); y, por otro lado, una garantía de suministro estable de materias primas para su industria, que hoy pasan por acuerdos de gas con Rusia y unas relaciones estrechas con las potencias petroleras del Medio Oriente.

Precisamente, y al hilo de esto último, ni Alemania ni una gran parte de la Unión Europea ganan nada con esos planes norteamericanos de remodelación de Oriente Medio, que saben que no son sino para apuntalar una hegemonía que es tambien costosa para ellos, como se ha señalado más arriba. Por eso se opusieron a la Segunda Guerra de Irak y no comparten ni la manera ni las intenciones últimas norteamericanas de tratar el “dossier nuclear iraní”, por más que sea cierto que les anima intenciones de sometimiento imperialistas de la zona, pero esto lo persiguen bajo otro liderazgo y estrategia de los que se desprenden del proyecto de nuevo siglo americano para la región. Bien al contrario, pretenden aprovecharse de las dificutades actuales de los norteamericanos para que éstos acepten una presencia occidental europea en la región, incluyendo una cooperación estratégica con Irán, del que los alemanes son los segundos socios después de Italia. No en balde Irán, en lo concerniente a “su problema”, hace una diferencia clara entre anglosajones y europeos, sobre todo, alemanes, de los que se declara amigo histórico y se dedica a decir en voz alta lo que los propios alemanes piensan pero, no sólo no pueden decir, sino que tienen que negar en público incluso con aspavientos a lo Merkel. Nos referimos a que se utilice el pasado alemán para cortarles las alas en la consecución de sus planes actuales (ver nota 2). ¿Por qué enemistarse con un país así que puede ofrecer una garantía en petróleo de alta calidad (dispuesto incluso a negociarlo en euros) y que reconoce que quiere una cooperación estrecha con los paises europeos? ¿Acaso son más fundamentalistas que esa Arabia Saudita tan protegida durante decenas de años por los norteamericanos y que acoge una sociedad mucho menos “abierta” que la iraní? Que los norteamericanos no tengan relaciones con los iraníes despues de 1979 es, sobre todo, un problema particular de ellos que quisieran fuera occidental en su conjunto.

Por lo demás, aprovechándose del reciente fracaso americano-israelí en Líbano – que no pretendía sino oxigenar el proyecto neoconservador americano de agresión contra Siria y, sobre todo, contra Irán -, y que se suma al cosechado en Irak, el núcleo duro de Europa tiene una oportunidad de contar con una presencia militar directa y casi exclusiva por la primera vez en esa región clave4. Y aunque compartan con los norteamericanos el miedo a que se extiendan los ejemplos de resistencia de Hezbollah y de la insurgencai iraquí, o precisamente por eso mismo, los soldados europeos no van a ir tanto para desarmar “por las malas” a Hezbollah, sino precisamente a hacer valer su forma alternativa occidental de controlar la región, antes de que todo sea irreversiblemente incontrolable. Y para ello, comenzando por dificultar directamente sobre el terreno los propios planes de intervención norteamericanos con un argumento de peso: ya serían los soldados europeos los que se verían envueltos en…”fuego amigo”. Efectivamente, muchos movimientos europeos en aquella región son animados con la idea de que, como mínimo, el desastre yanqui no lo sea tanto que comprometa a todo el Occidente, eventualidad negativa que se ve favorecida por el hecho de que ante los pueblos de la región, que no entienden de diplomacia, los europeos no se distinguen suficientemente de los norteamericanos.

En definitiva, los europeos, si bien comparten con los norteamericanos mismo sistema explotador y expansionista de agresion de los pueblos no están situados en el mismo momento estratégico. Les interesa alargar al máximo su actual fase estratégica defensiva y de conquista progresiva por medios principalmente económicos y políticos, eso sí, salpicado de provocaciones de conflictos locales a cada “tapón” (a lo Milosevic, por ejemplo) que se encuentren. Esta estrategia menos necesitada en lo inmediato de ofensivas brutales es lo que les permite abanderarse como la que más (y aún más) de humanismo y democratismo. En todo caso, utilizarán la inevitabilidad de que los conflictos regionales se exacerben, como forma de ganar puestos en el liderazgo del Occidente imperialista a costa progresivamente del unilateralismo yanqui.

Ahora bien, toda esta estrategia del núcleo central de la Unión Europea la conocen bien los norteamericanos, aunque, en general, entre éstos se imponen también las formas diplomáticas a la hora de mostrar su animosidad ante la misma. Hasta el momento los síntomas más claros de esta animosidad han aparecido, y ya desde hace algún tiempo, entre círculos de los neoconservadores, periódicos como el Wall Street Journal y los sionistas, sobre todo los cristanos sionistas, como tendremos ocasión de comprobar en seguida. Pero más allá de esta coalición extremista, y como ya se ha dicho más arriba, a ningún grupo norteamericano de poder le interesa admitir las actuales derrotas de su país, ya que les metería a todos en una situación de debilitamiento incomparablemente superior a la que supuso la de Vietnam. Pues esta vez se tendrían que “desunilateralizar” incluso dentro del propio campo occidental, al no existir la Guera Fria que obligaba a correr a japoneses y a europeos para apuntalarlos. Esa es la gran ventaja de los neoconservadores: que ni siquiera sus contricantes pueden soportar un reconocimiento consecuente de sus fracasos; lo que prolonga el poder de aquéllos más allá de lo que lógicamente se podría esperar a tenor de sus “meteduras de pata”. De ahí, las dificultades para materializar los procedimientos de impeachment de Bush, a pesar de que los argumentos que llevaron a aplicarlo a Nixon y, por poco, a Clinton son pecata minuta en comparación con los que se podrían montar contra el actual presidente. Tanto es así que son muchas las voces en Estados Unidos que, precisamente por el desastre actual en Oriente Medio, no descartan que la estabilidad americana interior finalmente tenga que pasar (tal como han forzado la realidad los neoconservadores) por una buena cantidad de años de inestabilidad global del mundo en el sentido de crear fuegos cuyas brasas alcancen, como mínimo, a todo el Occidente, de forma que todo él requiera con premura un equipo de bomberos bien pertrechados – o sea, los norteamericanos – para apagar esos incendios. Ésa es la tesitura de los Estados Unidos: su dependencia económica del mundo, comenzando por el resto de potencias del campo occidental, no puede seguir imponiéndola “a buen precio” sino es prolongando la dependencia militar – en la que todavía son realmente hegemónicos – de dichas otras potencias con respecto ellos. Y si las razones más terrenales (y dosméticas) para desestabilizar el mundo se siguen revelando inconfesables, siempre cabe echar manos de recursos más celestiales y hasta infernales.5

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La crisis profunda de hegemonía yanqui, las contradicciones interimperialistas reavivadas tras la Guerra Fría y la propia debilidad estratégica de las otras potencias imperialistas, constituyen factores favorables para la causa popular en el mundo que compensan en parte el gran reflujo que supuso la “victoria del Occidente capitalista e imperialista” en la Guerra Fria. Los sueños de quitárnoslos a todos de encima deben ser acompañados con la convicción despierta de que es posible porque el sistema imperial presenta profundas fallas y fisuras internas que son del todo aprovechables. Para ello, el ánimo, no ya de los más conscientes, sino el que éstos objetivamente propagan es fundamental. En este sentido, resulta paralizante y perniciosa la tesis de que estamos inmersos en un Imperio occidental único y sólido liderado por los yanquis. Empezando porque es falsa, y, además, porque alimenta esa idea no poco generalizada en los ultimos años de que los yanquis son tan inmensamente poderosos, tienen tan bien asidos a todos sus aliados y, en fin, tienen tanto control sobre todo que se diría que hasta cuando las cosas les van mal (como en Irak) será porque en el fondo les van bien…

Por lo demás, no ver estas diferencias intraoccidentales imposibilita al mismo tiempo identificar las pretensiones y estrategias que, más allá de sus propias dificultades y límites, estos otros imperialistas, los “nuestros”, abrigan por su cuenta y no por subcontrata de los norteamericanos. Y ya situándonos en clave más doméstica, sólo reconociendo debidamente esas diferencias intraoccidentales, puede percibirse cómo las mismas se trasladan a las políticas internas de países, sobre todo intermedios como España e Italia, a la hora de elegir una política determinada de alianzas u otra. Esta falta de percepción, por ejemplo, ha dificultado neutralizar los intentos gubernamentales de hacer pasar por izquierdistas y valientes, orientaciones políticas como la retirada de tropas de Irak que, en realidad, han estado cubiertas por los deseos de Alemania y Francia. (No en vano, la verdadera diferencia entre Zapatero y Aznar no estriba en si más o menos imperialismo, sino en qué política imperialista y, sobre todo, con quienes llevarla a cabo).

Pero es que, además, a fuerza de ver demasiado poder absoluto incontestado en los yanquis, tendemos a infravalorar la resistencia que se les ofrece y a no comprender cómo las diferencias entre los “grandes” afectan (favoreciéndolos) a procesos revolucionarios, de resistencia patriótica o simplemente de línea independiente de desarrollo de países6. Lo más injusto en lo que podemos caer es en ver las luchas que llevan sectores populares y determinadas organizaciones combatientes – independientemente de que no estemos de acuerdo ni con su ideología ni con su línea política de actuación histórica – como un simple montaje de servicios secretos norteamericanos o israelíes. Y ello, basándonos en que efectivamente se han dado históricamente convergencia de intereses inmediatos y apoyos materiales entre, por ejemplo, islamistas y la CIA contra la URSS en Afganistán, o entre Israel y Hamas contra la OLP en los 80, etc.; y basándonos también en el hecho cierto de que los estados imperialistas montan atentados para justificar sus políticas criminales.7 Todo esto es verdad, pero aún lo es mucho más que los imperialistas, por la propia naturaleza egoísta, individualista y buscadora de beneficios inmediatos del sistema económico en que se basan, no pueden ser tan potentes como para evitar las diferencias y peleas entre ellos y no pueden desactivarlas completamente a fin de que los procesos revolucionarios y de resistencia no extraigan de ellas beneficio político.

1 No en vano, “la UE es de izquierda” según el ex-presidente de la Comisión Europea y ahora primer ministro de Italia, Romano Prodi, cuando se le pregunta: ¿Cómo definir las solidaridades hoy en un mundo globalizado”? (Le Monde, 13 de setiembre de 2006).

2 “No resulta del todo lógico que ciertos países vencedores de la Segunda Guerra Mundial creen un pretexto para mantener a un pueblo constantemente en el aprieto y por enfriarle toda motivación, todo movimiento y toda vivacidad e impedir así su progreso y su grandeza”, le dice a Merkel, en una carta fechada el 17 de julio de 2006 y publicada por AFP el 28 de ese mes, y como por casualidad, un tal Mahmoud Ahmadinejad, presidente de Irán, quien será muy religioso, pero que ha demostrado una vez más que en estos de los entresijos de juegos de poder terrenales no se va…por las nubes. Por cierto que a la presidenta de Alemania no le faltó tiempo para jurar a norteamericanos y a israelies que rechaza furiosamente que pueda dudarse que ella los ama más que a su propio pais, y que, por supuesto, semejante cortesano se quedará sin respuesta. Faltaría menos.

3 Como dice Sascha Lange, un analista militar de Insitituto alemán de asuntos internacionales y de seguridad: “…estamos en plena transformación para hacer posible la presencia de tropas fuera de Alemania, y esto no es más que el comienzo.” (The New York Times, 20 de setiembre de 2006).

4 El ministro de exteriores italiano, Maximo D’Alema, declara a Le Monde (25 de agosto de 2006), con ocasión del envío de tropas europeas al Líbano: “Siempre ‘payeur’ (pagando) pero jamás ‘player’ (actor), por la primera vez Europa puede jugar un papel activo en Oriente Próximo [ahora que] Irak es una tragedia, y los proyectos de ‘nuevo Oriente Medio’ son un desastre.”

5 Una figura de pro de los cristianos sionistas norteamericanos, John Hagee, millonario a golpe de fanatismo, no puede por menos que adobar de exaltadas referencias biblícas (y antibíblicas) las preocupaciones estratégicas más crematísticas de su país. Así, en un libro reciente de gran éxito, A Warning to the World…the Last Opportunity for Peace (Una advertencia al mundo…la última oportunidad para la paz) afirma que “los Estados Unidos deberán librar una segunda guerra por el control de Israel contra China y la Unión Europea (sic)”. Y además, el “fanático” señor se toma la molestia de delirar – negocio obliga – precisando que “esta guerra daría lugar a la figura del Anticristo bajo la forma del presidente de la Unión Europea (mismo sic)”. (El CUFI: 50 millones de evangelistas partidarios de Israel, por Thierry Meysan, Presidente de la Red Voltaire.) No es de esperar que desde las esferas norteamericanas de poder haya una disposición manifiesta y explícita a compartir tales “delirios” de semejante pastor. Pero después de comprobar lo embarazoso que resulta tener que buscar por el terreno y el subterreno pruebas tales como las armas de destrución masiva, no es descartable que terminen por mirar un poco más arriba en busca de la inspiración divina. La verdad es que no les queda mucho más margen de maniobra y, al fin y al cabo, los leitmotiv guerreros divinos tienen el mérito de sólo requerir la prueba de la fe. Un limbo donde, ahora sí, los norteamericanos no ven su hegemonía demasiado en peligro.

6 Especialmente aquéllos que se reivindican de la revolución socialista (por tanto, no ajenos al análisis histórico marxista) deberían estar en mejor disposición de comprender cómo las diferencias entre los “grandes” afectan (favoreciéndolos) a procesos revolucionarios, de resistencia patriótica o simplemente de línea independiente de desarrollo de países. E insistir mucho más en que para acumular fuerzas para los cambios revolucionarios no basta con decir que todos son igual de mafiosos, sino que hay que añadir que ejercen en diferentes bandas, lo que en el caso de los imperialistas les lleva al final a enfrentarse, ya sea directa o indirectamente, provocando situaciones de crisis de debilidad en el conjunto del sistema. Baste reparar en cómo revoluciones (o ciclos revolucionarios) de gran trascendencia mundial no se pueden desligar del contexto de guerras entre potencias que han supuesto el debilitamiento de estados nacionales. Ahí tenemos, por no citar que los ejemplos más emblemáticos, la misma Comuna de Paris en 1871, tras la debacle francesa ante Prusia; el largo ciclo revolucionario europeo iniciado por los bolcheviques rusos tras la carnicería del 14; y el triunfo de los maoistas en China en 1949 después de liderar la resistencia a la cruel y larga invasión de los japoneses derrotados en la Segunda Guerra Mundial por los Estados Unidos.

7 Sobre este particular deberíamos ser mucho más intransigentes con nosotros mismos y rigurosos (a la hora de dar datos), cuando comprobamos que la historia es rica en ejemplos (¡y cómo, en nuestro propio país¡) de cómo los estados reaccionarios e imperialistas no se cortan un pelo – esto sí que les cuesta poco- en montar si es preciso historietas, y hacerlas correr incluso entre gente progresista, acerca de que revolucionarios y resistentes son sus agentes a fin de mejor aislarlos para liquidarlos.

Por Vicente Sarasa